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Es que en realidad, la democracia real nunca ha imperado, ni se instaurará en México, mientras no haya una conversión radical en la conciencia de los individuos de todos los estratos sociales hacia un gobierno que mande obedeciendo, que sea realmente una expresión de la voluntad de los ciudadanos organizados. Si no se da este cambio, los mexicanos estarán eternamente condenados a que la clase política y las clases dominantes sigan imponiéndose los amos.
En el camino, en los procesos electorales como en actual, y en los momentos patrióticos, los políticos usan el lenguaje para imponerse: democracia, justicia social, seguridad pública, seguridad nacional, soberanía, representación nacional, empleo, educación, y todo un arsenal de terminajos, para manipular, controlar, avasallar, a una “mayoría”, que los lleva a La Silla, y enseguida a la población entera.
En el fondo, y de ello todos deberíamos tener conciencia, de lo que se trata, en la estrategia de los políticos, es utilizar el discurso, las palabras míticas, ficticias, huecas, para someter a la población para que vote “mayoritariamente” y entronice al político de tal o cual partido en La Silla.
Los hombres que han hecho el texto de la Constitución actual, en el cual la población no tuvo ni tiene absolutamente nada que ver, empezaron por implantar en ella las palabras que evocan a los entes mitológicos: el Estado, la Nación y la Soberanía; después distorsionaron el significado de la Representación Nacional.
El pueblo, a pesar de que tiene sus “preferencias”, ya sea por el PAN, por el PRI, por las ahora llamadas Izquierdas etcétera, sólo es usado, usado como se usa un pañuelo desechable. No tiene ninguna participación, directa o indirecta, en la fabricación de las leyes, ni en su contenido, ni en ninguna de las decisiones o los actos del gobierno. La participación “popular” se reduce a votar cada cierto tiempo para designar a los empleados que dirigen a algunos de los llamados órganos ejecutivos y a los legisladores federales y locales.
Por si esto fuera poco para mostrar que la población de México no tiene ninguna participación política efectiva, pues los ciudadanos mexicanos se limitan a votar en las elecciones sobre esquemas absolutamente restringidos por los partidos políticos, representados por el IFE, sucede que los habitantes no tienen absolutamente nada que hacer, ni que aprobar, ni que exigir a los individuos “electos”, ni pueden destituirlos.
Por su parte, los diputados y los senadores no tienen ninguna obligación con los votantes, ni dependen para nada de la ciudadanía. De acuerdo con la Constitución, ninguno de los individuos electos para formar parte del Congreso federal representa a los ciudadanos electores y lo mismo el presidente de la república, que es amo y señor de horca y cuchillo, el descendiente de los tlatoanis. El debate, así, sólo es una ocasión de lucimiento para captar el voto mayoritario. -ConTaxco-423-
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